¿Periodismo o hedonismo?
Al finalizar el año, y desde la sabia perspectiva que nos ofrece el tiempo, creo que disfrutamos de un excelente ciclo de cine sobre periodistas, muy diverso en temas, aunque no tan así en yo orígenes. De hecho, creo pertinente y, es más, necesario ver el enfoque con que se mira el periodismo en otras latitudes, más allá de Hollywood. Pero esta aparente monotonía se justifica, creo, en que sin duda el mejor y más paradigmático periodismo es el que se realiza en Estados Unidos.
Sin embargo, imperdonablemente faltó exhibir un clásico del cine, que es perfectamente aplicable a los fines del curso: La Dolce Vita, de Federico Fellini.
¿Por qué la La Dolce Vita? Para empezar, es una de las películas más conocidas del cine italiano, según muchos una obra maestra, cuyo personaje central es nada menos que un periodista. Y no cualquier periodista: es un periodista rosa, un reportero de las páginas sociales, o de farándula -como les llamamos ahora- que se codea con la flor y nata de las celebridades romanas.
La película retrata, en siete días de la vida de este guapo Marcello (Marcello Mastroiani), cómo alguien puede vivir una vida disipada, colmada de placeres y, además, ganar dinero por ello. Asimismo, refleja cómo el periodista hace de todo para conseguir hablar con Sylvia (Anita Ekberg), la estrella del momento, y cómo profesional y hombre se difuman y se confunden en una cortina de humo cargada de hedonismo.
También muestra la vacilación de Marcello a la que, espero, muchos periodistas de farándula se enfrentan: cuestionarse sobre su insulso trabajo como reportero de chismes, decidir entre continuar escribiendo acerca de rumores de pasillo o fiestas de las estrellas y de la alta sociedad para dedicarse a ser un novelista, su deseo oculto que no llega a concretar.
Además, se presenta el contrapunto de Steiner, el amigo perfecto, hombre de familia que termina por asesinar a sus hijos y suicidarse, lo que afecta profundamente al protagonista, que entra en una dicotomía sobre sentar cabeza o continuar con su vida sin sentido. Y más simbólicamente, la película trata de los problemas de comunicación, tópico transversal en el filme de 1960.
Por si fuera poco, y en otra genial profecía de Fellini, el fotógrafo que acompaña a Marcello lleva por nombre nada menos que Paparazzo. Como el lector ya habrá advertido, este personaje acuña el término que actualmente usamos para llamar a los fotógrafos que acechan a los famosos y buscan sorprenderlos en cualquier actitud reprochable, o simplemente humana; palabra que terminaría derivando en su plural Paparazzi. Si le cabe alguna duda respecto del vocablo, puede consultarle a Angela Merkel.
Y para finalizar, nunca está de más deleitarse con una de las escenas más célebres de la cinematografía a nivel mundial: el baño bajo la luna de la bella Anita Ekberg en la più bella Fontana di Trevi. Como para no perdérsela.
Aucun commentaire:
Enregistrer un commentaire