Si Orson Welles buscaba para su película un protagonista polémico, con una vida salpicada de sabrosos detalles biográficos, reñido con la ética, rodeado de celebridades, multimillonario y precursor de un nuevo estilo, para hacer Ciudadano Kane el director y actor norteamericano definitivamente dio en el blanco.
Si bien Welles lo negaba, se dice –sobre la base de una serie de alusiones bastante inequívocas- que la mentada película está inspirada en la vida de míster William Randolph Hearst, un hombre particular, como muchos, pero con preeminencia porque, en su momento álgido, llegó a ser el dueño de nada menos que 28 periódicos y 18 revistas en los Estados Unidos, constituyéndose así en, además de un magnate, un monstruo de las comunicaciones y del negocio de la información.
Nace el 29 de abril de 1863, en San Francisco, California. Hijo único de un próspero minero y ranchero –llegó a ser millonario y senador, en ese orden y no al revés- y de una profesora de primaria, a los 23 años el joven Hearst se hizo cargo de su primer periódico: el San Francisco Examiner, recibido por su padre en parte de pago por una deuda de juego. Desde entonces no paró hasta formar un enorme conglomerado de medios de comunicación masiva que, además de la prensa escrita, contaba con estaciones de radio y compañías cinematográficas.
Armándose para la lucha contra Joseph Pulitzer, el otro grande de las comunicaciones, reclutó a los mejores escritores y periodistas del momento, y adquirió lo más avanzado en tecnología. De a poco, Hearst fue imprimiendo a sus medios un estilo que con el tiempo se convertiría en toda una corriente dentro de la prensa: el periodismo sensacionalista o amarillo, en alusión al yellow kid, el típico tebeo del New York World, propiedad de Pulitzer.
El término amarillista es una forma peyorativa de referirse al periodismo que se trata de escándalos, que utiliza el patriotismo de manera chauvinista, jingoísta, y con otras manifestaciones que rayan en lo ético. De este modo, desatando escándalos y mostrando al público hechos y opiniones polémicas, el imperio de Hearst fue rápidamente ganando terreno, al tiempo que multiplicaba su tiraje.
Hearst fue un hombre inestable, con dos matrimonios y una serie de rumores de infidelidades a su haber, entre los que el se vio envuelto el mismo Charles Chaplin. Además, si bien en sus inicios se autoproclamaba populista y tenía una tendencia liberal, se fue haciendo conservador en una cabriola política pocas veces vista, al punto de apoyar la ideología nazi. Asimismo, su imagen carga con el estigma de ricacho xenófobo y antiminorías. Se dice que tenía especial odio por los mexicanos, retratándolos como flojos, pervertidos, violentos y adictos a la marihuana, entre otras características poco amables.
Especial consideración merece el episodio que protagonizó en el contexto de la guerra de Cuba de 1898, donde Estados Unidos se enfrentó a España por la posesión de la isla caribeña. Se dice que la escalada violentista que desembocó en esta guerra fue alimentada por Hearst y su imperio, acusando de terroristas a los españoles tras culparlos por el accidente explosivo que sufrió el barco norteamericano Maine. Cuentan también que, al enviar -antes que estallara la guerra- a sus corresponsales a reportear el no-acontecimiento en Cuba, les habría dicho: “You furnish the pictures and I'll furnish the war”, por lo que se le acusa de haber suscitado la guerra sobre la base de noticias falsas.
William Randolph Hearst fue un hombre fuera de lo común. No solo porque era extremadamente rico, ni porque vivía en un “castillo” (La cuesta encantada, California) de 165 habitaciones, que tomó 18 años en ser construido. No solo fue particular porque tenía líos de faldas ni porque vivía entre los superstars. Fue todo un personaje porque -como dicen hoy de Al Jazeera- cuando Hearst hablaba el mundo entero oía. Tal vez no el mundo entero, pero sí su enorme universo de espectadores. Y eso es lo que lo hacía tan interesante como peligroso.
En sus medios se notaba su impronta, su firma. Él las hacía notar: aunque no tuviera ictericia él era amarillo, y así fueron también sus publicaciones. Por su tremendo aporte a la industrialización del periodismo y al crecimiento de los medios de comunicación de masas, por su particular vida personal y por su influencia, William Randolph Hearst fue un digno personaje de Hollywood. Pero, además, este hombre fue víctima de sus métodos, tomó de su propia medicina al verse involucrado en tanto escándalo o pelea como cuantas él publicó. Y cuando por fin se vio –o creyó, justificadamente, verse- en las pantallas de Ciudadano Kane, aunque intentó sabotearla a través de sus medios de todas las formas posibles, fue totalmente devorado por el monstruo que él mismo creó, al tiempo que se hizo más mítico que nunca: buscaba renegar de toda relación con la cinta, pero su imagen está ineluctablemente unida a ella para siempre.
Además de eso, y vaya el mérito para el director, Orson Welles supo ver en Hearst más que una persona, un personaje. Un personaje que no aparece solo una vez en palco, sino que tiene muchas participaciones. Welles supo adelantarse a los tiempos y avizorar que no sería Hearst el único personaje de estas características. Nacían así los monopolizadores de la prensa, una nueva forma de ser magnate -que no es lo mismo que new rich- que habríamos de ver como un déjà vu varias veces en la historia, con un Silvio Berlusconi o, en menor medida, con un Agustín Edwards cualquiera. Y por si fuera poco el hombre murió en
Ese ojo clarividente de Welles, que trabajó sobre el tremendo personaje que fue Hearst, dieron vida a la película que más recurrentemente es consignada como la mejor de todos los tiempos.
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