Mi pequeña intervención en el espacio público 2.0

lundi 21 janvier 2008

A VECES TENGO VOLADAS ECOLOGISTAS


La cordillera es chora. Para mí es como un animal pre jurásico que se petrificó pero cuya esencia todavía permanece. Pese a su volumen y sus muchísimos años, es ágil y jovial, mutable, se transforma todos los días. Yo la miro en la mañana cuando tiene unos colores azules y grises. Como a las cuatro de la tarde sus pliegues, arbustos, relieves y llagas son tan claros que piensas que los puedes tocar, y luego la miro al anochecer cuando salgo en mi bici linda- pero todo ha cambiado, el morado intenso se apodera de sus rincones y puntas. Al menos tres cordilleras diferentes por día.

Eso en verano, porque en invierno se viste de blanco la patuda. ¡Cuántos han pasado por ella y aunque quieran no logran recorrer sus rincones más inexpugnables, aunque se esfuercen no consiguen descifrar su más oculto y virginal secreto! Con ayuda de su eterno concubino el viento, reparte nada democráticamente de oriente a poniente, como todo en esta ciudad, su nívea gelidez. Parece un enorme trozo de helado de piña. Y por la noche parece un foco, una estrella, una cosa brillante que hasta da un poco de miedo.

Por supuesto están los tiempos de transición. Parece que el enorme saurio está cambiando de piel, a veces más blanco, a veces menos, a veces alcanzando la perfecta comunión entre piel y carne, entre nieve y piedra. Parece un dibujo de esos que hacíamos de niños para las fiestas patrias.

Recuerdo cuando iba a acampar con cierto chico a algún cerro precordillerano desde donde podía ver toda la ciudad. Había riachuelos blancos de nieve derretida y lugares maravillosos para escalar, caminar y hacer fogatas. "Uno, dos, ¡tres!", y nos lanzamos al agua después de tres horas de trekking. "Waaa!", y nuestros cuerpos salían rojos de frío. Nos secamos al sol, mirando, mirándonos.

Es fuerte encontrarse con gente en lugares que tú esperas deshabitados. "There are some people around here", grité hacia el árbol donde estaba trepado mi compañero de turno, que luego fue a explorar. El invasor era un profesor de montañismo que nos enseñó unos lugares divinos, una cascada y un sitio ideal para camping. Como salí de casa huyendo de mi madre, llevábamos solo un saco de dormir que prácticamente usé solo yo. Fue una larga noche, pobrecito, pero yo fui muy feliz.

Conozco gente que la odia. Está esa historia de los rugbistas uruguayos que cayeron de un avión y que sobrevivieron comiendo carne humana, qué asco, qué occidental mi asco. Qué sabes de cordillera, si tú naciste tan lejos... La mamá de una amiga ya pidió a sus hijos que cuando se muera quiere que sus cenizas sean repartidas en un cerro del Cajón del Maipo. En el cementerio de San José algunas tumbas tienen equipos de ski dando cuenta de cómo llegó ahí el muerto. Hay gente que quiere conocerla a como dé lugar y no los entiendo, es como el placer de la frustración porque claramente nadie podría conocerla del todo.

Mi primo se compró un parapente, estoy esperando su invitación para volar sobre el Cajón del Maipo. Con mi amiga, la misma de la madre que cree más digno ser quemada y arrojada al viento en lugar de ser devorada por los gusanos, siempre discuitimos sobre qué es más genial, si el mar o la cordillera. Me encanta discutir al respecto, me encanta verla enojada. Dicen por ahí que en el mar la vida es más sabrosa, pero creo que me gustan más las montañas, me recuerdan a los Von Trapp.

Me voy a la playa, chau

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